Antología poética XVII: Raúl Herrero: Ciclo del 9 9.3 Libro de canciones de Ángela


Portada del tercer volumen del Ciclo del 9

Antología poética -en línea- de Raúl Herrero, XVII

Tras el paréntesis de El faro de Sigfrido volvemos sobre el Ciclo del 9. El tercer cuadernillo se publicó en septiembre de 2003 con prólogo de Antonio Fernández Molina. Éste se titulaba Prólogo (Con rodilleras) y, en él, hacía revelaciones, a modo de aforismos, que él llamaba Musgos, como las siguientes:

–¿Crees en Orfeo?
–Sí creo.
–¿De verdad crees en Orfeo?
–Sí, le he conocido.
–¿Es posible?
–No miento, como el Ave Fénix, renace de sus cenizas… He conocido alguno de sus renacimientos.
–Cítame el último.
–Gabino Alejandro Carriedo.


Y otras como:

–¿Qué es poesía?
–Algo semejante a convertir la cifra 0103, en la palabra Eolo (Escribirla al revés y boca abajo.)


Este cuadernillo llevaba por título Libro de canciones de Ángela (84-95399-46–6) con el subtítulo: Angel’s songbook. ¿Por qué en inglés? Porque encontré inspiración en las selecciones de música, sobre todo norteamericana, que recopilan composiciones de Gershwin, Berlin o Cole Porter. El cuadernillo se ocupa del amor bajo las tres estaciones de la mística: vía purgativa, vía iluminativa, vía unitiva. Finalmente, tras la fase unitiva, se establece una vuelta al estado original, de tal modo que se prepara lo que vendrá en los siguientes cuadernillos. El libro incluía algunas ilustraciones del autor. Y principiaba con una cita de Raimundo Lulio: “Cosa fácil fue el crear; pero más costosa el redimir”.


Comenzamos la vía unitiva:

V

Si pudiera me vestiría con tu cuerpo,
palparía con tus manos,
me entregaría, a través de ti,
a las mareas antiguas de la calma.
Pondría sombra a las esferas de la eternidad,
sentiría a través de tu ombligo,
recitaría las plegarías que encienden
el limo sagrado dormido bajo la piel.
Ocuparía el mismo espacio que tu alma.
(Sin ti nada más pequeño que la muerte:
agujerear de hojas vacías
sin ti.)

El desastre se aproxima:



XIV

El perdón es una ave invisible
que con limpidez se posa en la conciencia.
¿Y el tuyo dónde anida?
¿Se pasea por tu cuello
con el mismo fragor inquietante que la decepción?
Aunque la paz presagia
un dolor de cuerdas en tensión,
el descanso que tú invocas,
¿será sólo el origen de la calma en el infinito?
Los hombres cubiertos con pedazos de espejo
duermen en la penumbra de sus cuerpos;
mientras, las carnes, que por todas partes cabalgan,
me recuerdan a ti;
todas las carnes con excepción de la mía:
inverosímil atavío de mi voluntad.
¿Por qué un día cerrarás lo que abriste?


Y, al final, el desastre sublime culmina:


XXIX

El desaliento,
como tu pie de gravidez,
ha borrado el rastro que me conducía
hasta tus habitaciones, hasta tus entrañas.
No hay perdón cuando se ausenta la firmeza.
Ahora no sanarán los soles obscuros y helados de mis heridas,
aunque los cortes de mi carne se mantengan yermos,
porque toda mi sangre se ha vertido,
gota a gota, en las tripas de los olvidados.
Por eso escapo de tus palabras
y recolecto instantes de las brasas del pasado.
Hubo un tiempo
de tormentas blancas, de límpidez para mar y contrabajo,
de masajes cardíacos celebrados con éxito,
de carnaval por la vendimia y cosechas abundantes;
como hay hubo un tiempo.

enero, 2003

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