Antología poética XII: Raúl Herrero: El mayor evento


Antonio Fernández Molina delante de uno de sus cuadros.



Antología poética -en línea- de Raúl Herrero, XII


 
En el año 2000 se publicó en Libros del Innombrable (Biblioteca Golpe de dados nº 25)  una antología de mi poesía con el título
El mayor evento Antología. Luna con plumas. 1989-2000 (84–95399–15–6) con prólogo de Luce Moreau-Arrabal y dibujos de María Luisa Madrilley. En el volumen se incluía una selección de todos los libros publicados anteriores, ya citados en esta antología en línea, así como un grupo de poemas editados en revistas literarias y que permanecían sin coleccionar. Además el libro principiaba con un preámbulo-poema, en muchos sentidos un epitafío para el anterior poemario (La voz de su amo). Me permito añadir  a continuación el poema citado.


Preámbulo–Poema

Las mismas manos que ayer hilvanaron el dolor dorado,
sobre el telar encendido por la comunión entre el ahora
y el pasado,
hoy purifican los restos de sangre del atuendo de la infamia.
Aquellas manos incorpóreas que aseguraron
el pacer del placer,
la inmutabilidad de ciclos y cíclopes,
la apacible condena de la aproximación a lo indeleble,
aquellas mismas manos, digo, las encuentro
cortadas, atravesadas por el aguijón, colgadas a la
espalda del esqueleto que huye arropado por el estupor.
Ahora, cuando creía contemplar la muerte
desde este espacio, en el tramo de la línea vacilante,
se han diseminado los puntos
al compás de una mazurka de verde obscuro.
Terrible, la asunción en la su boca,
perversa, la red urdida con herrumbre.
En el último principio, una dilatada expiración
me conduce hasta el hueco extenso de lo inesperado.
Nada importa el aporrear de los minutos,
cuando se es nada, nada queda.

2000


Del último apartado del libro, titulado “Amplia flora de espacios y pupitres”, donde se incluían los textos publicados fuera de un libro, selecciono los siguientes poemas. El primero, dedicado a Antonio Fernández-Molina, se incluyó en el nº doble (4 y 5) que la revista “El pelo de la rana” (Zaragoza) dedicó al mencionado escritor y pintor en 1998.


Homenaje a Antonio Fernández-Molina

He aquí a Antonio como una carretilla
con sus zapatos rojos de astronauta.
Derriba con piedras de aire
a monos que, con pincel o pluma,
de los árboles cuelgan.
Antonio, entre las camisas blancas de la noche,
enciende los radiadores inasequibles;
ruboriza a los iconogramas;
mira con ojos de aceite hirviendo;
extrae del horno las manos cortadas;
nada en una taza.
Antonio como la escayola del espacio
derramada sobre la levadura del tiempo;
Antonio carga a sus espaldas
un toro con sonrisa de caimán;
Antonio sale de la ducha
y el agua le seca la piel.
Antonio sentado sobre el grifo
pesca en el fregadero
el pez y la paz;
el último enigma de las castañas al coñac.
Cuando Antonio abre las manos al fuego
contemplas «La mujer que llora» de Picasso
en sus palmas tatuada.
Si corto el pan con gesto firme
aparece Antonio, con tamaño reducido,
que, tras apartar las migas con precaución,
se dispone a corretear por la mesa.
También surge de alimentos descongelados,
de enchufes recién instalados,
de ordenadores con chaqueta,
de galápagos dormidos en la cuna apagada,
de barbitúricos vistos al trasluz,
de lengua sefardí pronunciada
con una boca como una víscera,
de idiomas con bufanda,
de parquímetros con raíces noctámbulas.
Antonio vuelve de la siembra
con arado y guantes negros de porcelana
en sus labios ovalados.
Los bueyes maúllan por el camino sediento,
desbordado por luciérnagas y sombreros fatuos.
Las rodillas tiemblan en el vapor de aguja,
el mundo está muerto
y Antonio lo sabe y lo contempla,
y lo deshace a patadas, y lo disfraza
con atuendo de mandarín o clérigo;
y lo cuida hasta estrangularlo;
y lo calza con sandalias de ternero;
y lo abraza con aliendo delicado; y
lo escribe del revés para fertilizar la locura;
y lo introduce en el baño de té;
y lo incinera, y lo escupe.
Los diccionarios inducen a todas las palabras
al suicidio, sólo permiten la existencia
de artefactos inventados por Antonio.
He aquí un traje con vida propia
que con Antonio baila.
Antonio me abre la cabeza
y exprime la sal que me cegaba.
Hoy la mañana embarazada
me traerá un cesto con lluvia;
las alas del alce flotan sobre el invierno.
Una manzana danza por la calle,
la recojo, furibundo la muerdo,
del bocado aparece Antonio
vestido como una fuente
y con un bastón de tapicería.
Los transeúntes interrumpen sus carreras,
me señalan y dicen:
«He aquí un hombre como una carretilla».

Del 7 al 8 de noviembre de 1997


El último poema del libro, incluido en la revista “Almunia nº5” en el año 2001, junto con otras composiciones, bajo el título “La sed insaciable  y otros poemas religiosos” lo selecciono para finalizar esta entrada. Aunque esta revista se editó unos meses después de la publicación del libro, en la antología se anticipaba la publicación de los mismos. Este poema escenifica un cambio personal y en la línea poética debido a una Epifanía, difícil y larga de explicar y comentar en este reducido espacio, y sobre la que versan los versos.

La sed insaciable

Las lombrices de sed.
La sed de sal,
la sed de sangre,
la sed de leer.
La sed de Dios,
                    la sed de muerte,
                                           la sed de arena,
la sed de ser.
Sed
sobre el río incandescente.
El ayer agarrado por el cuello,
puesto boca abajo
como un alacrán,
agitado con desesperación
en busca de su calderilla.
Las palabras de tierra árida
puestas en boca de los muertos.
La sed insaciable
cual presentimiento de la ruina.
Sed de ser.

7 de marzo de 2000

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