Antología poética XIII: Raúl Herrero: Ciclo del 9 9.1 Las palmeras de Verona

Portada de 9.1 Las palmeras de Verona, 2000
Antología poética -en línea- de Raúl Herrero, XIII
En el año 2000 comenzó la publicación en cuadernillos de un poemario titulado Ciclo del 9. Hasta la fecha se han publicado los cuadernillos correspondientes a cinco partes, de las nueve que, evidentemente, lo componen. La idea primigenia consistía en publicar un poemario por "capítulos", a medida que se iba escribiendo,  en lugar de hacerlo completo y terminado. De este modo se podían conocer las impresiones de los lectores a medida que avanzaba la redacción de la obra.
En todos los cuadernos del Ciclo del 9 se incluía la siguiente leyenda:

Esta colección nace dispuesta a englobar en sus tripas todo un ciclo poético. En nueve ejemplares, en nueve secciones, en nueve capítulos, en nueve Epifanías, en  nueve trancos, se irá desglosando una apoteosis de poesía y resurrección. La elección del nueve se corresponde con el intento de fraguar una obra completa que, a su vez, sea capaz de concebir. 
La publicación de cada ejemplar de la colección supondrá un avance en el retorno a la unidad. De esta forma  inusitada presentamos un libro en proceso de creación. 
No creo preciso insistir sobre la simbología implícita tras el número nueve. Ese fin de ciclo que supone el número 9, vuelta al origen (manifestado en el 10), pretendía vivirse durante la creación del poemario. Digo poemario aunque sería más correcto llamarlo "Ciclo", como el título indica.
El primero de los cuadernillos llevaba por título 9.1 Las palmeras de Verona (84-95399-18-0). Y se abría, tanto el cuaderno como la obra completa, con la siguiente cita del poeta John Donne: "Thou art the best of me".

A continuación el primer poema del Ciclo:



Hola

Me diluyo en las tejas que,
con impulso inmisericorde,
cimientan los bocados del recuerdo.
Maullidos, murmullos, marea
de limón vertida en mi iris;
resaca de ajenjo derramada en mi espíritu:
iridiscente pleamar.
El ángel, con cabellos como cuerdas de sitâr,
se descuelga de la lengua;
el silencio traza una interrogante.
Me siento a la mesa con
un pañuelo sobre la tez de la mirada,
me sirven una cadena
ceñida al cuello de un bistec.
Son horas de tatuajes y de abetos.
El largo velo de la vela
me besa con su hocico de jaspe.

Otro poema de 9.1 Las palmeras de Verona.



La lluvia, como fruta a rodajas, me empapa
mientras continúo en una espesura de obscuridad;
encallado en el vuelo de la oca;
paralizado por el latido de lo imprevisible;
tras cada esquina escucho un murmullo;
a cada paso el salitre me oprime los tobillos:
la argolla de Pandemónium me rodea el cráneo;
las arañas arañan la pared de mi costado;
la incertidumbre me deshabita y habita.
El agua que bebo se transforma en azogue;
me asomo al Apocalipsis que da a mi interior;
los escorpiones de muerte y fango
se abalanzan sobre mi boca cosida
a las alas de la polilla.
Al regresar una silla vacía me observa,
cambio de posición, me veo sentado sobre ella,
tan ajeno, tan distanciado de los sucesos diarios,
que me recompongo en el desolador aliento de la vida.

Otro poema, esta vez muy breve:

Todo lo que nombres
te será arrebatado.
Los años pasan dando patadas
a las formas inciertas del pensamiento.












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