En recuerdo de mi amigo Francisco J. Uriz (1932-2023)


De izquierda a derecha: Magnus William-Olsson, Raúl Herrero y Francisco J. Uriz,
en Estocolmo, agosto de 2021.




El pasado 10 de enero de 2023 a las dos de la tarde se ocultaba Francisco J. Uriz. La noticia me llegaba a la hora del temprano ocaso invernal. De inmediato la memoria me liquidó una serie de instantes, de conversaciones, de horas de trabajo en común, de miles de correos electrónicos. Miré hacia atrás, me encontré que habían pasado casi treinta años desde que nos conocimos. Por entonces yo tendría unos dieciocho años, por lo que es comprensible que Paco me descubriera a bastantes autores de lengua sueca y de distintas nacionalidades (suecos, daneses, finlandeses, islandeses y noruegos). En situaciones distintas, a lo largo de los años, su magisterio impulsó mis tareas de editor. Compartir tiempo con una persona que había tratado con Bergman, Olof Palme, Lundkvist, Ángel Crespo o Gabino Alejandro Carriedo (a los que por entonces sí conocía) me obnubiló en un primer momento. Años más tarde, su trabajo torrencial me dejó pasmado.

Cuando Uriz y yo nos encontramos él ya dirigía la Casa del Traductor de Tarazona. Recuerdo verlo entrar en la Diputación Provincial de Zaragoza con una traductora rusa, en ese momento pensé que él también era ruso, sus maneras y vestimenta delataban que, si no era de otro país, al menos, había pasado mucho tiempo en latitudes que no eran las locales. Poco después, por azares del destino, tuvimos una relación en torno a una publicación que nunca fue. Para entonces Uriz ya había traducido al sueco, con el poeta Artur Lundkvist, a Huidobro, Neruda, César Vallejo, Lorca, Alberti, Cortázar, etc. También había ofrecido al lector hispano las primeras antologías de Gunnar Ekelöf, Harry Martinson, etc. Con Marina Torres, su esposa, había traído al castellano Linterna mágica, con Juan Uriz, su hijo, Imágenes, ambos del cineasta Ingmar Bergman. 

Ya nos tratábamos cuando recibió —compartido con José Antonio Fernández Romero, que tradujo la parte islandesa del volumen— el Primer Premio Nacional de Traducción por Poesía Nórdica (Ediciones de la Torre, 1996). Por cierto, la primera reseña que celebró la publicación la firmó Cela en ABC, en cuyo texto el gallego se extrañaba de que nadie dijera nada, cito textualmente: «… solo querría advertir de la aparición de un monumento intelectual y literario en español que no ha despertado, ni con mucho, la atención —ni siquiera la curiosidad— que hubiera cabido esperar y que hubiera sido saludable que se produjera». El tiempo y el premio dieron a esta obra el alcance y la notoriedad que se merecía desde un principio.

El volumen abrió las puertas de par en par de la poesía nórdica a los lectores españoles e hispanos, pero, sobre todo, a los editores, ya que, a menudo, pescaban en sus páginas a poetas que no conocían para solicitar a Uriz (o a otro traductor) que organizara una antología más amplia de tal o cual autor, lo que multiplicó las publicaciones escandinavas previas al triunfo de la novela negra nórdica y en un género tan difícil como la poesía. Muy merecidamente, por tanto, recibió Paco dos distinciones de la Academia Sueca por su labor en la difusión de su literatura.

Años más tarde, con una docena de traducciones suyas publicadas en Libros del Innombrable, Paco recibió un segundo Premio Nacional por el conjunto de su trabajo, que es mucho, más de 12.000 páginas.

Alcancé el nivel de modesto licenciado editorial gracias a mis años de tarea junto a Paco Uriz. De no ser por él seguiría siendo un «aficionado». Llegó un momento en que Uriz estaba tan familiarizado con los procesos de edición que casi hacía él solo el volumen. Por mi parte, su curiosidad me llevó a preguntar y a profundizar en aspectos técnicos que hasta ese momento no me habían interesado.

Durante una cena en su casa, Paco confesó a Marina, al tiempo que al resto de invitados, que si en vida lograba traducir a 300 poetas, mejor que a 299. Es decir, que no pensaba abandonar su pasión hasta el final. Y así fue. El entusiasmo, el amor por el trabajo y la constancia son virtudes que siempre acompañaron a Paco Uriz. En una ocasión hicimos recuento de sus traducciones publicadas en un año, el total superaba a las publicaciones de mi editorial en ese mismo lapso de tiempo —y a muchas de editoriales de pequeño formato, añado—.

Como era persona generosa, Paco Uriz insistió mucho en que viajara a Estocolmo. La visita se demoró por culpa de mis problemas de salud o por cuestiones técnicas de diverso tipo. Por fin realicé el viaje en agosto de 2021, gracias a la colaboración del Instituto Cervantes y de la Embajada de España, que me atendieron con la misma generosidad y simpatía con la que me trataba Paco. En esa cita tuvieron lugar dos actos en el Instituto Cervantes de Estocolmo. En el primero, Paco habló de cómo me conoció y de nuestros trabajos juntos, yo mismo hice lo propio. En el segundo, presentamos, antes de que apareciera en España, la que sería su última antología Uno de los nuestros (Un siglo y más de poesía nórdica) (978-84-17231-30-9). La historia de ese viaje y la transcripción de esas intervenciones las hallará el lector curioso en mi volumen: Viaje a Estocolmo (978-84-17231-36-1). En estas actividades intervino también el poeta sueco Magnus William-Olsson, del que Paco tradujo para Libros del Innombrable su poemario: Nada es siempre demasiado tarde (978-84-17231-25-5).






Cuando se me ofreció la oportunidad de publicar en Libros del Innombrable, en coedición con la Institución Fernando el Católico, el ensayo Traducir el alma, de Kjell Espmark (978-84-17231-30-9), Paco me advirtió: «No te demores demasiado, no sea que ni Kjell ni yo veamos el libro terminado». Kjell Espmark falleció a las dos semanas de la publicación, Paco a los cuatro meses escasos. 

Me resulta extraño amoldarme a la idea de la interrupción definitiva de las visitas que hacía a la casa de Zaragoza de Paco, en las que siempre lo encontraba trabajando en su mesa, acompañado por una radio que sintonizaba música clásica. 

Lo más triste de la pérdida de Paco, y de tantos amigos que se han marchado en los últimos tiempos, es que no tienen reemplazo. Otros podrán ocuparse de las mismas cosas o dedicarse a  tareas semejantes, pero no será lo mismo, ya que el empeño de Paco estaba íntimamente ligado a su personalidad y a su manera de entender el mundo, algo que es insustituible. Siempre he tenido buena relación con personas que nacieron entre finales de los años veinte y principios de los treinta del pasado siglo. Tengo para mí que pertenezco a esa generación y que llegué al mundo con demora.

Cuando Paco Uriz cumplió setenta años en Libros del Innombrable le hicimos un homenaje, que sirvió para la presentación de sus traducciones más recientes en ese momento: Tres poetas noruegos (Olav H. Hauge, Rolf Jacobsen y Ernest Orvil) (84-95399-37-7) y Afinidades afectivas (84-95399-39-3), una antología donde el autor destacaba, de entre las páginas que había traducido hasta la fecha, sus poemas favoritos. Llegada la edad de los ochenta años le organizamos una comida que sirvió de presentación de Poesía reunida (978-84-92759-55-2). Además de este volumen, en Libros del Innombrable publicamos una selección de su teatro en Decidme cómo es un árbol (978-84-92759-85-9), tres poemarios Un rectángulo de hierba (84-95399-40-7), Mi palacio de invierno (84-95399-66-0) y Cuaderno de bitácora ( 978-84-92759-13-2), y Accesorios y complementos (978-84-95399-88-5), que aportaba lo que el título anuncia a su libro de memorias Pasó lo que recuerdas (Barc, 2006).

Cubierta de Natalio Bayo


En la entrada aparecida en la bitácora de Libros del Innombrable se ofrecen más datos de los más de veinte títulos de la editorial relacionados con Francisco J. Uriz, ya sea como autor o como traductor. Pueden seguirla en el siguiente enlace:

https://librosdelinnombrable.blogspot.com/2023/01/despedimos-francisco-j-uriz-generoso.html

 

Quede aquí constancia de mi gratitud enorme con Francisco J. Uriz, también con su esposa Marina Torres, por tantos años de complicidad y de trabajo.

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