Motivos de tristeza, (VII)


"La verdad revelada por el tiempo" de Bernini



Motivos de tristeza

XXI
 En el castillo vivía en soledad la mujer de almendra. Por la mañana la mujer almendra se contemplaba en el espejo y recitaba poemas tradicionales balcánicos mientras se escrutaba entre los muslos. Todos los mediodías un pájaro penetraba por la ventana del comedor, con una cesta repleta de manzanas en el pico que depositaba sobre la mesa. Al atardecer un arpa de sonoridad maligna, oculta en algún lugar desconocido de la casa, llenaba las estancias con misteriosa música repleta de giros disonantes y audacias armónicas. Por la noche sonidos desconocidos resoplaban como si el castillo cobrara vida y respirara con unos viejos y agrietados pulmones. El último día del año la mujer almendra penetró en la sala de los banquetes y se encontró con una multitud que la ignoraba. Nadie la reconocía ni la identificaba como dueña y señora del castillo, lo que, para la anfitriona de invitados ignotos,  fue motivo de tristeza.

XXXII
 En la puerta de la cantina montaba guardia San Cristóbal. El tamaño, la espalda y la musculación del santo disuadían a cualquier intruso de principiar un desorden. Me aproximé a la barra donde cumplía funciones de camarero el mismísimo Dioniso, en ausencia del Garzón de Ida, quien con voz áspera me habló de su forzada relación de vecindad con San Cristóbal, al que definió como un “cachondo”. Mientras el dios hablaba apuré mi copa. Por allí se encontraban, con aspecto distante y misterioso, algo apartadas de los demás, Santa Sofía y Atenea, que mantenían una pausada conversación. San Anselmo y San Bernardo, no sé si impulsados por el vino, o, tal vez, por algún desacuerdo fundamental, cerca estuvieron de resolver sus diferencias a bofetadas, si bien es cierto que Marte les servía de juez en la exaltada discusión. En ese ambiente me sentí reconfortado y hasta tuve la oportunidad de saludar a Dante, que se encontraba ensimismado en la revisión de las pruebas de imprenta de unos tercetos encadenados. Sólo faltaba la divina presencia y, por supuesto, la ausencia preocupaba a santos y dioses, y también a los afines. De pronto, en el espejo que hermoseaba el pórtico del local se reflejó el rostro de Charlot. Todos callaron. El vagabundo se introdujo en la taberna exhibiendo su peculiar manera de caminar, se aproximó a la barra mientras observaba a los presentes de soslayo. Dioniso sirvió al recién llegado un vaso con una extraña sustancia. Charlot, tras apurar de un trago el mejunje, reflexionó en alta voz: “A la vida ya no le encuentro la gracia”. Aquella aseveración lanzada por un cómico de su reconocido prestigio, para todos los presentes, fue motivo de tristeza. Entonces entró San Miguel con su espada en llamas.

XXXIII
 Cuando abrí la puerta del retrete sentí que el aguijón de un arma me laceraba el alma. De inmediato me desplomé. Brotaba sangre con generosidad  de una herida situada en mi costado. Con esfuerzo y la ayuda de ambas manos me extraje una lanza, lo que aceleró mi sangría. Como no había tenido tiempo de encender la luz permanecí a oscuras, inmovilizado por el dolor, en el suelo del lavabo. Mis ojos se esforzaban en distinguir alguna imagen más allá de las sombras. La luz del pasillo dejaba entrever parcialmente un rostro con rasgos indígenas que flotaba  sobre el lavabo. Aquella cabeza se mantuvo inalterable durante el proceso de mi muerte. Antes de expirar vi a cuatro indígenas, en cueros y armados con lanzas, que transportaban mi cuerpo a hombros por el pasillo de la casa. Por supuesto mi desaparición, para algunos familiares y seres queridos,  fue motivo de tristeza.

XXXIV
 En el interior de la cripta varias ninfas cantaban y bailaban con los ojos iluminados por el tiempo. Cuando me aproximé a ellas descubrí que carecían de ombligo. Un hombre albino y de gran tamaño me susurró al oído:”Aquí todo lo que parece ser es mentira”. “¿Y la verdad?”, le pregunté en voz alta. La ingerencia de mi pregunta, por algún ignoto motivo, suspendió el baile de las ninfas. El gigante se llevó un dedo a los labios para rogarme silencio. “Por aquí”, me indicó mientras con un gesto me señalaba el camino. El albino me guió por estrechos pasillos y sinuosos soportales. Al fin me puso sobre un túmulo y afirmó: “Aquí la encontrarás”. Con su ayuda desplacé la losa plomiza. En el interior de la tumba encontré una luz muda y apenas vibrante. Esa revelación para mí fue motivo de tristeza.

XXXV
 En la mitad del campo de batalla tropecé con una bruja. Aquella mujer, con cabellos de porcelana y labios de madera, me invitó a su morada. Tras enterrar mis armas la seguí, por la linde de un sendero oscuro, mientras soñaba con el descanso. Gracias a su pericia esquivamos a ladrones, lobos y otros peligros. Al amanecer alcanzamos nuestro destino: una casa fabricada con chocolate en un claro de la espesura del bosque. La bruja se introdujo con prontitud en el interior, pero yo permanecí en el exterior pensativo. Con la mente iluminada por ciertas revelaciones mordisqueé la portezuela de entrada. El hambre despertó con furia y mis mandíbulas la emprendieron a bocados con las paredes de la casita. Al poco la bruja se encontraba cocinando en mitad del bosque. Las paredes, los muros de contención, los arbotantes y los zaguanes resonaban en mi estómago. Aunque para la señora la pérdida de su vivienda fue motivo de tristeza, en verdad os digo que, por mi parte, quedé satisfecho con las viandas de cacao. Años después me encontré con la bruja durante un crucero por las islas griegas. Entonces me confesó que aquel día me atrajo hasta su casa con la aviesa intención de comerme, pero que tras mi demostración de hambruna enmendó su propósito. Desde entonces la bruja se dedica a la recolección de frutos silvestres.

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