La corriente dominante (o el traje nuevo del emperador)



… la poesía es la lengua materna del género humano…

J.G. Hamann. Recuerdos socráticos. Traducción de J. Rafael Hernández Arias

A nadie se le escapa que en España desde hace más de treinta años existe, al menos en apariencia, una corriente poética dominante,si bien con un poder declinante y mortecino que recuerda el tirano que muere aferrado a su cetro. Sus pajes sujetan galardones, cumbres editoriales y algunas columnas de suplementos literarios (la hoja parroquial de cada casa). Esta poesía confunde cierta liberalidad poética con lo «extraño», con la confusión o, incluso, para mi sorpresa, con la «emoción agitada». Esta poesía, a la que podemos denominar «contenida y racional», pretende suscitar emoción aunque para ello deba eliminar, si es necesario, a la misma esencia de la poesía; entre sus representantes se predica que la imaginación debe ser expulsada de lo poético (el equivalente a construir una casa sin hormigón); esta poesía, decía, no pierde la ocasión de rebajar a poetas que fueron tal cosa, muchos de ellos con cierto renombre, como Rimbaud o Mallarmé o Valéry o Pound. A sus representantes tampoco se les escapa la posibilidad de ocultar a los que no encajan con su visión de la historia literaria (insisten en promover que en España nunca hubo vanguardistas ni autores experimentales olvidando a Ernesto Giménez Caballero, Benjamín Jarnés, Ramón Gómez de la Serna, Lucía Sánchez Saornil, Francisco Pino, Agustín Espinosa, Pedro García Cabrera, José María Hinojosa, Juan Larrea, Eduardo Chicharro, Miguel Labordeta, Juan Eduardo Cirlot, Carlos Edmundo de Ory, Antonio Fernández Molina, Gabino-Alejandro Carriedo, Justo Alejo, etc., etc.; puede leerse el Diccionario de las vanguardias en España, de Juan Manuel Bonet).  Cuando estos marineros en tierra se tropiezan con un autor patrio al que no pueden apartar se limitan a ponerle coto (esto es lo bueno, no aquello, mientras señalan los mayores ripios del poeta). Los preceptos que entonan en sus entrevistas, reseñas y artículos me recuerdan a las proclamas de los poetas ilustrados (neoclásico), los del siglo XVIII de las «cegadoras» luces; tal vez el momento más nefasto para la poesía en España (al menos desde la edad moderna hasta la fecha), del que hoy recordamos a los barrocos que acudieron con retraso y al prerromanticismo que, aunque en nuestro país fue taimado, buscaba desprenderse del encorsetamiento; entre ambas generaciones los manuales incluyen a ciertos nombres, de los que salvo los estudiosos y algún poeta de raigambre «verosímil» nadie se acuerda (Moratín que dijo sí a las niñas, Jovellanos [«Epístola del Paular» como uno de sus mayores aciertos], Eugenio Gerardo Lobo [el capitán coplero], Samaniego, [este último redactó unas fábulas de cumplido propósito moral que todavía persisten en la memoria, aunque donde deslumbra sea en sus poemas eróticos –El Jardín de Venus–], Iriarte y un puñado más); pretender que la poesía (o el arte) adquiera una cierta «utilidad práctica e inmediata» es una temeridad (por no decir idiotez).

El filósofo J. G. Hamann (al que Goethe calificó como el autor que más le había influido) pronosticó que el culto a la racionalidad acarrearía una nueva «inquisición». Esta predicción parece haberse cumplido en cenáculos y manuales escolares donde estos poetas de la «contención» se atreven a enmendar versos de autores que los superan en talento, al tiempo que denominan «irracionalidad» a procesos poéticos de mayor alcance que los propios, de los que no parecen tener noticia, o se llevan las manos a la cabeza y ponen los ojos en blanco (como los beatos que descubren a una pareja de enamorados dándose un beso) mientras evocan el apelativo «extravagante» cuando se enfrentan a un poema donde confluyen una serie de elementos (ya sea porque sobrepasan lo discursivo, por ejemplo en la poesía letrista, visual o fonética, o por cualquier otro motivo) que ya empleaban los bardos medievales (aliteración, silepsis, paranomasia, etc.). Tanto se han acostumbrado a su poesía descafeinada que cualquier cosa los perturba. Lo bueno de esta situación es que quizá dentro de un tiempo se pueda escandalizar de nuevo con el arte de principios del siglo XX. Lo que no dejará de propiciarnos situaciones risibles. Entre otras cosas olvidan que leer es construir, pero a ellos, que elaboran con materiales pobres, ni siquiera eso se les puede pedir.

El formalismo ruso (años 20 del pasado siglo) quiso poner término a la crítica «impresionista» y divulgó métodos de análisis científico (ciencia autónoma y específica) a los textos para evitar la improvisación o, dentro de lo posible, los juicios subjetivos. Es decir, que se alejaron del impuso sentimental y caprichoso. A pesar de inspirarse en la metodología científica  del positivismo, tal vez porque estos intelectuales iban de la mano del futurismo, los formalistas promulgaron un lenguaje poético liberado del «automatismo», impulsando, por tanto, lo imprevisible, al hilo de lo cual se acuñó el término «efecto de extrañamiento». Ya Aristóteles en su Poética se refirió a la necesidad de establecer nuevas maneras de contar las viejas historias. Poco o nada de esto nos encontramos en esta poética dominante de hoy a la que parece molestarle la propia poesía. Desde sus tribunas sus pimpollos proclaman que no existe otra posibilidad que su cortedad de miras, que esa antigualla de forma que ellos manejan es la única poesía posible (rácana en nervio, reaccionaria en forma y, por el autoritarismo de algunos de sus partidarios, un tanto dada a la purga).

Por mi parte, salvo por este intento de calzarnos un canon que nunca lo fue y de apear a los que no «comulgan con sus enormes ruedas de molino, tan grandes que son gigantes», me importa poco su estética, que cada criatura empuje la línea literaria que le parezca (hay público tanto para el chocolate puro como para el sucedáneo), pero lo que no soporto es ese cierto «matonismo» que esgrimen sus participantes, sabedores de pertenecer a la línea poética que se reparte galardones y alabanzas. No ocultaré que esa poesía me sonroja, que me parece fútil, cadavérica. Su sencillez parece un bosquejo escolar poco inspirado, las imágenes sueltas, que desmayan en sus poemas, carecen de fuerza… Recurrir a la poesía narrativa para justificar algunas de sus propuestas como mínimo resulta discutible. Respecto al aspecto filosófico de sus ocurrencias no pasan de los cantares y decires del Perogrullo. A pesar de los esfuerzos  de los «elegidos» por ocultar otras líneas poéticas, tales propuestas existen,   algunas crípticas, otras claras, pero no de la pobreza léxica que ellos promulgan…  Puede apreciarse en el último Rubén Darío (en el poema «Lo fatal», por ejemplo) una muestra de sencillez, en un poeta que comenzó enamorado de un barroquismo estético, a prueba de crítica; también en Gloria Fuertes o en Luis Alberto de Cuenca, por mencionar a dos más próximos en el tiempo.  Por fortuna no todos los poetas notables y premiados de los últimos años siguen la estética dominante, quizá ni siquiera sean ya una mayoría. Pongamos por ejemplo entre los autores consolidados de cierta edad a Antonio Gamoneda. También entre las nuevas generaciones se detecta un desapego de la pobreza estética imperante, como muestra mencionaré a varias poetas, cada una con sus particularidades y que no forman ningún tipo de corpus estético ni generacional, como Laia López Manrique, Almudena Vega, Iris Parra, Esther Lapeña, Alicia Silvestre, Lola Nieto, Silvia Rins, Adriana Hoyos y Adriana Bañares.  La presencia de profetas de la línea poética a la que nos venimos refiriendo como «dominante» en ciertos jurados justifica la introducción de poemas cuya supuesta sensibilidad contemporánea y legible roza, por su mediocridad, lo insultante, lo que ha supuesto pequeñas disputas y conmociones tanto en el mundo editorial como en el de la poesía. Que nadie piense que me empuja la escritura de estas líneas la defensa de ninguna estética a la que pueda adscribirme personalmente, sino la necesidad de manifestar la presencia de una diversidad literaria, la reivindicación de una rica literatura, repleta de posibilidades, de opciones, que sobrepasan la de esas visiones encogidas. Por tanto quizá va siendo hora de señalar al emperador, de gritar que está desnudo, que toda esa casulla poderosa bajo la que se oculta esa pobreza (y contención estilística) no es otra cosa que una renuncia a la poesía.

Cada intento de simplificar la poesía, de hacerla comprensible, es alejarla de su esencia que es expresar lo incomprensible y conjurar lo trivial con lo maravilloso.

Lasse Söderberg




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