Motivos de tristeza, (I)


Pandoro, protagonista del cuarto relato, en una foto de archivo

Nota de Jesús H. Angulo (Administrador del blog):

Raúl Herrero publicó por entregas en su blog Raúl Herrero (http://raulherrero.blogia.com/),  desde el 9 de enero de 2007 hasta el 7 de marzo de 2009, una serie de relatos breves bajo el título genérico de Motivos de tristeza. El autor decidió colgar en la red este libro de manera gratuita y con libre acceso. Motivos de tristeza recoge un total de 99 relatos breves. Hemos soliciado permiso a Raúl Herrero para reproducir este libro, en bloques de 5 relatos breves, en nuestra página. De este modo, en una versión corregida y modificada por el autor, recuperamos este libro completo de lectura gratuita y libre, al alcance de todos, en nuestro blog dedicado precisamente a Raúl Herrero. Esperamos que lo disfruten.




Motivos de tristeza



I

Fulgencio Entredosaguas resultó un hombre desproporcionado. Sin motivo aparente su cuerpo menguaba a diario, con la única excepción de sus manos, que, en un acto de desbodencia glandular, crecían a una velocidad desopilante. Al cabo de unos días el tamaño de sus palmas le permitían a Fulgencio ocultarse de miradas perspicaces. Aquella situación, que satisfaría a todo ser humano de bien, al cándido de Fulgencio le resultaba incómoda. Por un lado su pequeñez limitaba sus funciones básicas: encaramarse a un retrete, alcanzar el mando de la televisión depositado sobre la mesa, cerrar la puerta con llave después de salir de casa… Pero la enormidad de sus manos le ocasionaban otros problemas: la imposibilidad de presionar las teclas del teléfono móvil (con un golpe del dedo aplastaba el aparato), cepillarse los dientes (el cepillo desaparecía en la maraña de dedos y terminaba utilizando el meñique para concluir con su higiene bucal), pedir limosna (los viandantes huían despavoridos ante la proximidad de semejantes manazas)... Pero, de entre los muchos inconvenientes, a Fulgencio le molestaba sobremanera la imposibilidad de hurgarse en la nariz. En su pueblo se consideraba este hábito un deporte de prestigio, de hombría, símbolo de distinción. Sus vecinos y familiares, durante las reuniones sociales, se introducían hasta tres dedos en el orificio de la nariz para demostrar su profundo conocimiento de la técnica del “entremetido” nasal. Entre la algarabía general, ante los que eran considerados héroes del lugar, Fulgencio se veía arrinconado, humillado, despreciado… Y, claro está, para Fulgencio este trato denigrante por parte de sus semejantes era motivo de tristeza.

II


Doña Lorenza de Médicis adquirió, durante su infancia, la piadosa costumbre de besarse con gorilas. En la estrechez de miras de su ciudad esta tarea le resultaba imposible, por tanto, visitaba con frecuencia el zoo y sus alrededores. Antes de convertirse, por este motivo, en un personaje popular, Doña Lorenza se introducía a hurtadillas en los espacios del zoo, delimitados para la estancia de estos grandes primates, lo que asombraba a visitantes, animales y guardas. El comisario mayor del zoo expulsó del recinto a Doña Lorenza en múltiples ocasiones, y, finalmente, clavó la fotografía de la señora en la puerta de su caseta para que los empleados recién llegados reconocieran de inmediato a su contrincante. Por aquel entonces las incursiones de Doña Lorenza se redujeron. Para lograr su objetivo la señora recurría a disfraces heterogéneos. Algunos testigos afirmaron reconocer a Doña Lorenza mientras ésta se hacía pasar por bombera, inspectora de hacienda, empleada de una tienda de ultramarinos, agente de seguros, cocinera, exploradora de un programa de televisión y bailarina. A pesar de los impedimentos la cazadora de besos, en alguna ocasión, lograba internarse en la hacienda de los primates. Entonces los gorilas intentaban escabullirse de la maníaca, incluso, en un arranque desesperado, algunos pretendieron arquear los barrotes de su prisión para darse a la fuga. Una vez encerrada con los gorilas Doña Lorenza procedía con un escrupuloso ritual: primero inmovilizaba al animal, casi siempre ejerciendo la presión de su cuerpo sobre el tronco del contrario con sus muslos, después sujetaba la cabeza del contrario con fuerza, luego procedía a los besuqueos efusivos. Sin embargo, lo que a Doña Lorenza más le preocupaba era la indiferencia de Huevon, el ejemplar masculino dominante. A pesar de la bravura de la señora aquel espléndido ejemplar ni siquiera pestañeaba cuando ella le besaba y, claro está, aquello para Doña Lorenza era motivo de tristeza.


III


Cipriano Dosantos se sometió a una operación severa. Los médicos, tras la intervención, le entregaron como recuerdo su próstata maltrecha. Al principio Cipriano pensó en deshacerse de ella, pero, tras recapacitar, decidió conservarla como muestra de su inusitada arrojo durante la sangría. (Durante la operación se escucharon bravos y “olés” que provenían del envalentonado paciente.)  La próstata, que flotaba en un líquido de olor penetrante, dentro de un tarro de cristal, ocupó desde el primer día un lugar privilegiado en la repisa de la chimenea del salón de Cipriano. Durante las tardes de invierno el hombre sin próstata se sentaba al calor y la luz de unos leños, con su batín de flores y una copa generosa de coñac, mientras escudriñaba las formas caprichosas de la víscera. La próstata, ya sea por el cariño de su propietario, por el calor, o por cualquier otro motivo, comenzó a crecer de manera inusitada. Cipriano se enorgullecía de ella, la mostraba a las visitas y, de cuando en cuando, la sacaba de su encierro para exhibirla en todo su esplendor. Con el tiempo se fraguó un cariño entre el hombre y la próstata que les llevó a compartir lecho. Cipriano, según se rumoreaba, dormía abrazado al cristal del frasco que contenía su órgano extirpado. Ambos, hombre y próstata, como un matrimonio entrado en años,  comentaban las noticias de la televisión durante las comidas y jugaban al ajedrez en las jornadas vespertinas del sábado. La próstata alcanzó tales dimensiones que Cipriano la liberó de su encierro de manera definitiva. El primer día de completa libertad ella dio sus primeros pasos. Y así vivían Cipriano y su próstata. Aunque la próstata ya pronunciaba sus primeras palabras, desde hacía algunos meses, se negaba a dirigirse a Cipriano con el apelativo de  “Papá”, y, claro está, aquello, para el sufrido hombre, era motivo de tristeza.

IV

Desde tiempos remotos la pesca del salmón se ha atribuido a valientes y a osos conspicuos. Saturnino Dosfuegos no se encontraba en ninguna de tales categoría. Los afanes de Saturnino se inclinaban por los bramidos primigenios de las armas de fuego; sin embargo, la fascinación enfermiza que Pandoro, su perro, sentía por la carne del atún, le llevó a consagrar su vida a la noble tarea de la pesca atunera. Su técnica de pesca era distinguida y compleja. Primero, con un barco, herrumbroso amo y perro se internaban en los bancos de atunes. Después, con un rifle oxidado, Saturnino disparaba a diestro y siniestro, y al agua, con una celeridad envidiable. Mientras acontecía la curiosa pesca la mascota permanecía impasible junto a las piernas de su amo. A pesar de sus esfuerzos Saturnino nunca lograba hacerse con un atún, entre otros motivos, porque carecía de ganchos y útiles para elevar la presa hasta el interior de la embarcación. Cuando, por una acumulación de incidencias, el cazador de peces lograba un atún, Pandoro cantaba y bailaba en la proa acompañado por los bravos y vivas de su dueño. Por desgracia, el can, durante la pitanza posterior a uno de esos inusuales golpes de suerte, se atragantó con una espina de la presa. Saturnino de inmediato trasladó a Pandoro hasta el centro de salud más próximo. Los sanitarios del lugar se negaron a socorrer al animal aduciendo, algo completamente indamisible, que ellos no eran veterinarios. Este suceso enojó a Saturnino, aunque fue Pandoro quien realmente sufrió un impacto terrible. De esta manera el can descubrió que no era humano y, claro está, aquello fue para Pandoro motivo de tristeza.

V

Jacoba de Lémis tuvo su primer y único hijo a la  provecta edad de veinte años. Su marido, conmocionado tras su participación como oyente en el alumbramiento, murió víctima de un infarto. Los médicos constataron que antes de la defunción el padre recién inaugurado exclamó: “¡Vivan las ordenanzas!”, lo que tranquilizó a Jacoba, ya que este gesto demostraba que, a pesar del infarto, su difunto marido era un hombre de orden, además de  bedel.  Desde el principio el hijo de Jacoba demostró un interés inusual por la alimentación mamaria. La madre, siempre alabada en el vecindario por su generosidad,  desoyó los consejos del personal cualificado y prolongó durante años la lactancia del niño. El muchacho creció sano y con una fortaleza que enorgullecía a su madre. Al principio la dentición del pequeño ocasionó algunos problemas a Jacoba, pero la orgullosa madre superó todos los inconvenientes gracias a su buena predisposición, y a una pomada tornasolada de milagrosa invención que le anestesiaba  los pechos duante la ceremonia mamaría. Este habito alimenticio obligó al retoño a sacrificar horas de clase, tanto en el colegio como en la universidad, así como a buscar su alimento mamario durante el tiempo de pausa en el trabajo, o los descansos en los momentos de confidencialidad con sus primeros amores y, ¡pásmense mis bienamados lectores!, también en el teatro, el cine y en otros espectáculos públicos. Cuando el niño cumplió los cincuenta años se decidió a consolidar la ruptura con los ya ajados pechos de la madre. La pobre Jacoba, desconsolada, adoptó entonces a un somormujo, que, además de producirle algunos rasguños en los senos, no le libraba, con la técnica insuperable de su hijo, de la cálida y almibarada leche que ronroneaba en su interior. A pesar de la insatisfactoria experiencia Jacoba se negó a devolver el polluelo a la madre natural, lo que, para la somormuja, fue motivo de tristeza.

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